Somos en un sitio. En al menos uno. Nos movemos por la vida sitiados. A fin de cuentas, siempre estamos en alguna parte. Y aun así, en ocasiones nos sentimos fuera de lugar, quedando suspendidos en un desapego, en una distancia.

Este ensayo descansa en algunos textos que han trabajado el concepto de identidad para preguntarse por el significado de dicha expresión. Una exploración que quiere investigar sobre nuestro sentimiento de pertenencia a los lugares y especular sobre la existencia de una identidad espacial.

Dentro o fuera: identidades situadas

Muchas son las materias que se esfuerzan por sostener la relación de nuestros cuerpos con los lugares. A estos lugares los llamaremos forma construida1 y aceptaremos que, como forma construida, describen un espacio. Considerando la definición de Strawson, aceptaremos que el espacio es la recíproca externalidad de aquellos objetos que encierra2. Y añadiremos un disclaimer: este texto no aspira a integrar cualquier disciplina que afecte a nuestra relación con los espacios. Esta aspiración se remedia sabiéndonos sujetos situados3 y conociendo nuestro ámbito de validez4.

La existencia de identidad espacial se justifica en la naturaleza subjetiva de esa externalidad compartida. Esto es, la identidad espacial existe porque cada individuo otorga un límite distinto a mismas categorías espaciales. Este hecho no solo pone en cuestión la dimensión de la forma construida, sino que, de forma recíproca, fuerza a los individuos a posicionarse en relación a ella: ¿estoy dentro de casa cuando abro la puerta del portal?, ¿continúo en mi país cuando viajo más allá de sus fronteras? De forma análoga a la construcción de las identidades de género, la identidad espacial sería una categoría que atraviesa nuestros cuerpos y que nos permitiría nuevas formas de realismo al cuestionar aquello que nos es dado5. Y lo haría desplazando el sistema de referencia identitario de ‘yo’, ‘nosotres’, ‘otre/s’, por los de un: ‘dentro’ y ’fuera’.

De toda la forma construida que nos rodea, hablaremos de la vivienda. Si la entendemos como cobijo -desde los apartamentos más sofisticados hasta un fuego en la tierra-, la vivienda representa una necesidad vital del ser humano. Si además de entenderla como cobijo, la entendemos como unidad, la agrupación de viviendas representa el hecho constitutivo de los asentamientos y una condición indispensable de las ciudades. La posición central de la vivienda en la lógica de la forma construida le confiere recorrido suficiente como para ser objeto de análisis, confiando que contiene significados simbólicos y valores colectivos de la sociedad a la que pertenece. Y en esta exploración sobre la identidad espacial, las preguntas irán dirigidas hacia:

  • Cómo identificamos los espacios domésticos.
  • Cómo nos identificamos con los espacios domésticos.

Mediante estas dos preguntas deberíamos esclarecer si estamos, o no, fuera de lugar.


T086-Fu-Lai, China (One, Guerrilla Tea series) 2005 © Pierre Sernet

Identificar

El primer paso para la identificación del individuo con un lugar es su reconocimiento. Aunque de manera general, la forma construida persiga un buen número de objetivos (como mínimo los tres mencionados por Barfield: proteger, utilizar y simbolizar), el reconocimiento del espacio se acostumbra a dar bajo una lectura de uso. Identificamos las estancias de nuestra casa como una serie de superficies condenadas por sustantivos que definen su función: dormitorio, baño, cocina, pasillo, recibidor, etcétera.

El repetido axioma de Wittgenstein, los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo6, sería una buena excusa para estudiar el impacto de esta nomenclatura sobre la vivienda y, en consecuencia, sobre el cuerpo. En nuestra relación con el lenguaje, Wittgenstein considera que buscamos realidades homogéneas, delimitadas y fijas, una actitud que con frecuencia nos dirige hacia trampas sustancialistas. Y así ocurre en nuestras casas, donde identificamos las estancias utilizando una clasificación que se podría defender como obsoleta cuando dormimos en el salón o trabajamos en el dormitorio.


One and three chairs, 1965 © Joseph Kosuth

Podríamos encontrar otras características estables en la identificación de estas estancias, como por ejemplo sus instalaciones, el asoleo, su altura, etc. En cambio, nos encontramos con un sistema de clasificación que, aunque esté lejos de ser condición universal, funciona de forma bastante generalizada y con cierta autonomía respecto a las condiciones simbólicas de aquellas culturas que las utilizan. ¿Por qué, entonces, reconocemos las estancias domésticas bajo una lectura de uso que no es si quiera permanente? La razón que parece más oportuna es la que nos ofrece Hall: las identidades se construyen a través de la diferencia, no al margen de ella7.

El afuera constitutivo de Butler o Derrida definirían también nuestras cocinas y baños, nuestros dormitorios y estudios. Lo esperado en estas estancias es la imposibilidad de realizar sus actividades fuera de ellas. No es posible cocinar fuera de la cocina. No es posible bañarse fuera del baño. 

Si bien esta forma de identificación ha sido útil durante largos años, algunos acontecimientos como el teletrabajo o la introducción en el mercado de ciertas tecnologías (proyectores, robots de cocina, etc.) permiten imaginar estancias más versátiles que el uso otorgado, poniendo en cuestión esta nomenclatura. Además, saber que el uso no lo conforman los espacios sino los sujetos, nos permite imaginar la discusión sobre la flexibilidad doméstica de forma más amplia que las superficies y sus jerarquías.

Si con el tiempo otro sistema de identificación aparece, deberemos estudiar con atención su efecto sobre la vivienda como unidad. Porque el afuera constitutivo parece sugerirnos que en el acto cotidiano de nombrar nuestras estancias está inscrita la idea de la casa como un todo. Hoy todavía, cuando nombramos la cocina, también estamos nombrando todo lo demás.

Identificarnos: comprender

En las casas existe un molde. Por diferentes que sean nuestras viviendas, existe una estructura implícita que nos habla de nuestras necesidades como especie. Nuestra residencia en un lugar implica una afirmación sobre la posibilidad de inscribirnos en estas estructuras, de comprenderlas y reconocerlas como espacios posibles para ser vividos. Y este molde recoge, a su vez, una tradición cultural concreta con la que convivimos.

Parte de esa tradición cultural es tan antigua como el refugio. Su permanencia a través de los siglos hace que sea prudente respetarla y que proponer una alternativa innovadora pueda convertirse en un ejercicio vanidoso. Estos moldes son el resultado de siglos de conocimiento acumulado y experimentación colectiva.

Pero a su vez, la cultura responde a su tiempo y las casas cambian. Ya no podemos permitirnos que las estancias destinadas al cuidado estén castigadas. O que las estructuras respondan únicamente a la familia nuclear tradicional. Hay casa más allá del antiguo refugio.

Nuestros cuerpos están inscritos así en una estructura espacial sobre la que normalmente no se tiene agencia y sobre la que nos reconocemos por inercia. Podemos ver en esta estructura espacial una especie de poder regulatorio, introduciendo algunas ideas de Foucault. Por ejemplo, si consideramos que el poder regulatorio produce los sujetos que controla8, entonces el diseño de los espacios no es ajeno a los procesos de normativización y, por lo tanto, el espacio actúa como dispositivo disciplinario, produciendo individualidades disciplinadas9.

Nos identificamos con el molde porque lo entendemos, porque nos es familiar. O bien lo rechazamos porque le vemos las costuras, porque ya no nos representa. Y en esta ambigüedad estamos ya identificándonos con los lugares, dando ese primer paso que es comprender, de forma interna, lo que la vivienda debería ser. 


Vivienda en Umma, Sumeria, planta baja, s.XX a.C. © Vorderasiatisches Museum

Identificarnos: cambiar

Una visita al piso vecino es una experiencia interesante. Como quien tras algunos años se encuentra a un viejo amigo, existe una sensación de extraña familiaridad.

En el habitar tomamos decisiones que convierten el conjunto de nuestra casa en singular. Apropiarse de un lugar - intervenir, modificar, alterar - reafirma nuestra identificación con el sitio. La identificación opera arraigando en el pasado, en el relato de una historia compartida, la del lugar con la persona. Es una verdad conocida que el apego nace de la dedicación.

Siguiendo las aportaciones de Norbert Elias, cuando escogemos un sofá o cuando colgamos un cuadro estamos construyendo nuestro yo, provisto de interioridad y separado de los otros10. Externalizamos en ciertos elementos nuestra interioridad para construir un dentro constitutivo, el hogar.

Pero el hogar ya no es un interior. La incursión en la vida doméstica de tecnologías que permiten conectar el mundo exterior con nuestro dentro constitutivo, fomenta la voluntad de expresión de nuestra identidad espacial y niegan la vivienda como lugar carente de máscaras, como lugar donde reducir las interacciones para reconocer el yo auténtico. Un yo auténtico, según Gergen, fragmentado a consecuencia de la multiplicidad de relaciones incoherentes y desconectadas, forzándonos a desempeñar una variedad tal de roles que el concepto de yo auténtico se esfuma11. Después de todo, en una sociedad donde no hay ejes que nos sostengan, el verdadero problema es cómo preservar la identidad y no cómo construirla.

La interioridad y lo íntimo, quedan ya muy desplazados. Las casas tradicionalmente tentaban a olvidar el destino, pero la vivienda y la intimidad ya no van de la mano. Si encender la televisión era salir de casa, con una story invitamos al mundo a entrar en ella. La casa es, en este sentido, espacio público. Así, parece difícil pensar el hogar como lugar donde no es necesario probar ni defender nada12.

Si la intimidad pierde peso en la vivienda, nuestro deseo se dirige entonces hacia la evidencia del cambio, de intervenciones que consoliden nuestra identidad con el lugar. Y como personas sumergidas en una secuencia de incertidumbres, alquileres y precariedad, el cambio se traduce en aquello trasladable: las plantas, los cuadros, algún libro. Cambiamos el color de las paredes, colocamos la alfombra. Identificaciones que no actúan sobre el poder regulatorio ni se dirigen hacia lo íntimo. Identificaciones que algunas personas verán como ágiles para un mundo cambiante pero que otras verán como triviales.

*


Saramago escribe en La Caverna que siempre vamos a tiempo, con el tiempo o en el tiempo, por mucho que de lo contrario nos acusen. Y así ocurre con los lugares. Pese a que no podamos derribar nuestras paredes; pese a que la vivienda no sea ya un destino; pese a que nos sintamos fuera de lugar: somos en un sitio. En al menos uno. Y esto podría servir como falso principio para comprender el consuelo.

Notas:
1 BARFIELD, T. (1997) Diccionario de antropología. Edicions Bellaterra (2001), Barcelona. Pág. 111
2 BOURDIEU, P. (2000) ¿Cómo se hace una clase social? Sobre la existencia teórica y práctica de los grupos en BOURDIEU, P. Poder, derecho y clases sociales. Bilbao. Desclée de Brouwer. Pág. 105
3 ENGUIX, B. (2010) Géneros y contemporaneidades. Barcelona: UOC. Pág. 15
4 CORCUFF, P. (2013) Las nuevas sociologías. Principales corrientes y debates, 1980-2010. Madrid. Editorial Siglo XXI. Pág. 33
5 Ibid. Pág. 31
6 WITTGENSTEIN, L. (1921) Tractatus logico-philosophicus. Alianza editorial, Madrid (2012) Pág. 123
7 HALL, S.; BAUMAN, Z. (2003) Capítulo 1. Introducción: ¿quién necesita “identidad”? En: Stuart Hall y Paul Du Gay (comp.) Cuestiones de identidad cultural. Buenos Aires: Amorrortu. Pág. 18
8 Ibid. Pág. 35
9 Op. Cit., Corcuff, 2013. Pág. 109
10 Ibid. Pág. 111
11 GERGEN, K.J. (1992) El asedio del yo. En: El Yo Saturado. Dilemas de Identidad en el Mundo Contemporáneo. Barcelona: Paidós. Pág. 26
12 BAUMAN, Z. (2003) 2 - De peregrino a turista, o una breve historia de la identidad En: Stuart Hall y Paul Du Gay (comp.). Cuestiones de identidad cultural. Buenos Aires: Amorrortu. Pág. 60

Bibliografía

- BARFIELD, T. (1997) Diccionario de antropología. Edicions Bellaterra (2001), Barcelona
- BARI, M.C. (2002) La cuestión étnica: Aproximación a los conceptos de grupo étnico, identidad étnica, etnicidad y relaciones interétnicas. En: Cuad. antropol. soc. n.16 Buenos Aires ago./dic. 2002
- BAUMAN, Z. (2003) 2 - De peregrino a turista, o una breve historia de la identidad En: Stuart Hall y Paul Du Gay (comp.). Cuestiones de identidad cultural. p. 40-68. Buenos Aires: Amorrortu
- BOURDIEU, P. (2000) ¿Cómo se hace una clase social? Sobre la existencia teórica y práctica de los grupos en BOURDIEU, P. Poder, derecho y clases sociales. Bilbao. Desclée de Brouwer. Pp. 101-129
- CORCUFF, P. (2013) Las nuevas sociologías. Principales corrientes y debates, 1980-2010. Madrid. Editorial Siglo XXI
- ENGUIX, B. (2010) Géneros y contemporaneidades. Barcelona: UOC
- FOUCAULT, M. (1981) Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones. Alianza editorial, Madrid (2012)
- FRAMPTON, K. (1980). Historia crítica de la arquitectura moderna. Editorial Gustavo Gili, Barcelona (2014)
- GERGEN, K.J. (1992) El asedio del yo. En: El Yo Saturado. Dilemas de Identidad en el Mundo Contemporáneo. p. 19-39. Barcelona: Paidós
- HALL, S.; BAUMAN, Z. (2003) Capítulo 1. Introducción: ¿quién necesita “identidad”? En: Stuart Hall y Paul Du Gay (comp.) Cuestiones de identidad cultural. p. 13-39. Buenos Aires: Amorrortu
- MOLINA, S. de (2016) Hambre de arquitectura. Necesidad y práctica de lo cotidiano. Ediciones asimétricas, Madrid
- STOLCKE, V. (2000) ¿Es el sexo para el género lo que la raza para la etnicidad... y la naturaleza para la sociedad? en Política y cultura, núm. 014. Universidad Autónoma Metropolitana de México. Pp. 25-60
- WITTGENSTEIN, L. (1921) Tractatus logico-philosophicus. Alianza editorial, Madrid (2012)